Exposicin de Angel Uranga
Isla del Gallo La Historia














Historia del hotel La Isla del Gallo

La Plaza de Aragón, en la ciudad de Trujillo, en la que está situado el Hotel, ha sufrido muchas modificaciones a lo largo de los tres últimos siglos, tanto en su aspecto y estructura como en su nombre.

Poco tiempo hace, y más por capricho, que por sus dimensiones, ha sido denominada Plaza, ascendiéndola de rango tan inmerecida como impropiamente. En Trujillo, históricamente, sólo ha habido una Plaza, y se trata de la Plaza Mayor, conocida por el nombre absoluto de La Plaza. El resto de espacios abiertos que pudieran conformar una Plaza, aquí se denominan Plazuelas, como si fueran hermanas menores o hijas de la Plaza. Pero no por su ascenso de categoría estos espacios pierden su encanto, y así podemos encontrar entornos de gran belleza como la Plazuela de Guadalupe, próxima al Hotel o la Plazuela de San Judas, próxima al convento de Santa Clara, o la Plazuela de Santiago, presidida por la iglesia del mismo nombre. O esta Plazuela de Aragón, que toma su denominación en los primeros años del siglo XVII, cuando Don Juan Pizarro de Aragón habita su palacio construido en esta Plazuela. Hasta entonces se llamó Plazuela de San Francisco por la proximidad del convento e iglesia del mismo nombre. En la Plazuela de Aragón abocan cuatro calles: la de los Pardos, la de San Francisco, la de los Romanos y la de Mercadillo, hoy llamada de Ruiz de Mendoza.

La calle de los Romanos toma su nombre porque en ella tenían sus talleres y viviendas los constructores de romanas, a los que se llamaba romanos. La romana es una balanza de brazos desiguales en la que el pilón suple a todas las piezas de peso. Los romanos constituían un gremio y, raramente, también se unían a los gremios de los herreros. El hecho de que en esta calle habitasen los romanos, no era óbice para que en ella morasen otras familias, como es el caso del linaje de los Camargo trujillanos, que aquí tuvieron su casa solariega.

Poco interés tiene, y poco se puede decir, de la calle de San Francisco, de escasa longitud y angosta, que una la Plazuela de Aragón con la de San Francisco.

La calle del Mercadillo, que también concluye en la Plazuela de Aragón, toma su nombre de la Plaza en la que arranca, frente al Palacio Municipal. Hasta hace poco en dicha plaza se ha venido celebrando todos los jueves del año un mercado franco a causa de ser concedida a Trujillo la exención de alcabalas sobre hortalizas, cereales y ganados importados de su extensa comarca. Este privilegio fue dado por Enrique IV en Toro el 14 de julio de 1465. Carlos I, el César, confirmó esta merced el 17 de diciembre de 1520 en Worms. En 1562, Felipe II, desde Madrid, a 9 de enero, confirmó esta gracia. La calle hoy se denomina de Ruiz de Mendoza en homenaje a este teniente que falleció en Trujillo a causa de las heridas infringidas por el ejército francés de la invasión napoleónica.

Pero es en la calle de los Pardos en la que queremos fijar nuestra atención dado el hecho de que parte de los edificios que ocupa el Hotel Isla del Gallo se encuentran en esta calle, y la acera en la que está la entrada principal del hotel puede considerarse como continuación de esa vía. En la calle de los Pardos tenían sus cuarteles un ejército que formó el Cardenal Cisneros, tropa muy aguerrida y disciplinada dispuesta para la defensa de los pueblos y para pacificación de muchedumbres levantiscas. Sus soldados no eran nobles ni hidalgos, muy al contrario su extracción social era villana, casi siempre labriegos y artesanos. Sus hechos eran gloriosos y nobles, pero carentes de sangre azul, nunca tuvieron nobleza. No eran blancos. No eran negros. Eran los Pardos, la mezcla del negro el blanco predominando el primero. Correspondía capitanear este regimiento al linaje trujillano Mendoza Hijas, quienes construyeron o cedieron estas casas del hotel para los cuarteles de los Pardos.

Uno de este linaje, don Vicente de Mendoza Hijar Sotomayor y Barrantes, cedió generosamente estas edificaciones a la Cofradía del Hospital de la Caridad, que las rehabilitó y adaptó a sus necesidades. La Cofradía vendió las edificaciones en 1803 a don Félix Antonio Spina. Posteriormente fueron a manos de diversas familias hasta que hoy las vuelve a reunir el Hotel Isla del Gallo. No era nuestro hotel el edificio principal del Hospital de la Caridad, que comenzó a edificarse en 1548 en los edificios colindantes de la Iglesia de la Caridad o de Jesús, y contó con Casa de Comedias para solaz de enfermos acogidos y del público en general.

 La estructura de la edificación y de las plantas bajas de nuestros edificios, nos llevan a pensar que en él residieron las monjas que servían al hospital y que algunas dependencias, por sus características y temperatura ambiente, como nuestra bodega o la sala de cazadores, eran utilizados para el almacenamiento de alimentos perecederos de los que se abastecía el Hospital de la Caridad. Y hasta aquí la historia tal y como puede ser documentada.

En la narración que hemos realizado, se observan elementos muy propios para que alrededor de ellos naciera la leyenda: Casa de Comedias, en al que se representan Autos Sacramentales, escenas cómicas y, por que no, leyendas locales. Asiste el público, que narrará a sus vecinos lo que han presenciado en la representación. Y los cómicos y la lengua, que llevarán por todos los caminos aquellas leyendas y cuentos que van aprendiendo en un sitio o en otro. Y un mercadillo, donde se reúne la gente trujillana y de otros pueblos de la comarca en el que se habla y chismorrea, se cuentan las novedades de guerras y levantamientos, y también las leyendas que el pueblo va recogiendo e inventando, aumentando su dimensión en la medida que los mercachifles disminuyen el peso de sus mercancías en la conocida sisa. Y en el mercado están los romanceros, que cantan hazañas y desventuras, tragedias y leyendas.

Junto a estos puntos de reunión, que se convierten fácilmente en mentideros, un convento de monjas, casi enclaustradas, de vida poco conocida, al que seguramente los mejores linajes trujillanos dejaban a sus hijas doncellas para que entraran en religión o aprendieran el recato y las leyes divinas. De modo que en ese entorno, nace la leyenda, como no podría ser menos. Porque cualquier edificio, cualquier cenobio, o incluso cualquier persona, si no estuviera su leyenda, quedaba tan empobrecido como si no existiera.

Cuenta, pues, esta leyenda, que en el convento cuyo edifico ocupa hoy el hotel, fue depositada una bella joven de linaje trujillano, a la que llaman Mariana de Amaniel. Esta Mariana, acostumbrada al boato de su casa, a las distracciones y juegos, a los bailes y fiestas, a los galanteos de sus pretendientes, pronto sintió la soledad conventual, hasta el punto de que llegó a oídos de la superiora el rumor de que Mariana era visitada en su celda por un hombre. Llamada Mariana a capítulo, no supo dar una explicación clara y decía que nadie la visitaba, sino que se aparecía en su habitación un fantasma que parecía ser soldado, quizás el alma en pena de alguno de los Pardos que allí habían tenido su asentamiento. El caso es que el fantasma del Pardo era muy activo y Mariana de Amaniel vino en quedar preñada y, en el total de los secretos, alumbró un niño, al que llamaron Vicente de Dios, por no saber qué apellidos podrían darle. Este Vicente no fue entregado a la Casa de los Expósitos, sino que fue criado por las monjas, llevándole pronto a los locales del Hospital.

Dio en pasar por Trujillo un fraile de la orden de los Carmelitas, quien reparó en Vicente de Dios, encontrándole vivo de inteligencia y despierto de espíritu, por lo que solicitó de las monjas poder llevársele para educarle en santidad y en la regla de su orden. Poco se volvió a saber del muchacho, si no es que murió joven y como un santo. Tanto afligió la noticia a Mariana que, según contaban, también murió de tristeza, pero no en el convento del Hospital, sino en el de Santa Clara de Trujillo, donde al parecer también murió y está enterrada Doña Isabel de Mercado, aquella que pasó veinte años en la Prisión de Mota con Hernando Pizarro, del que tuvo un hijo, y al que poco veía cuando entró en casa de su padre para ser educado según su condición.

No hace mucho tiempo, en una de las tertulias culturales que, espontáneamente se forman en la Isla del Gallo, uno de sus asistentes nos contó que había realizado una visita por cierta región de España, y que visitando un viejo convento de la orden los Carmelitas, si guía, un viejo fraile, al saber que su próximo destino era Trujillo, le comentó que en el dicho convento existía la leyenda de que fue fundado por un incluso trujillano, que murió joven y en lor de santidad. El plumilla del hotel que esto escribe, se queda con la leyenda, sea cierto o sea falsa. De cualquier modo se reserva el nombre del convento y del amigo que contó el remate de la leyenda, con el fin de que no sea estudiada, porque como leyenda tendrá, sin duda, más hermosura que como historia, confirmada o desmentida.

Francisco José García de Guadiana

 

Piscina Exterior

Cafetería

22 Habitaciones en el hotel

Patio

Biblioteca

7 Dobles Estándar con dos Camas

Sala de Televisión y Juegos

Exposición de Cuadros

7 Dobles Estándar con cama matrimonio

Wi-fi en las instalaciones

Parking ( reserva con antelación )

6 Dobles Superior

Guía Turístico (reserva con antelación)

Servicio Despertador

2 Junior Suite con cama de matrimonio

Cunas

Recepción abierta 24 horas

Taberna

Alquiler de ordenadores portátiles

Lavandería

Cafetería “Felipillo y Manuel”

Room Service de 08 a 23 hrs.

Ascensor

Restaurante “Huaylas Nusta”

Equipos audiovisuales para celebraciones

Canguro (bajo Petición)

Terma y Sauna

Alquiler de Vehículo para excursiones

Servicio Médico

Peluquería y masajes