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Poco tiempo hace, y más por capricho, que por sus dimensiones, ha sido denominada Plaza, ascendiéndola de rango tan inmerecida como impropiamente. En Trujillo, históricamente, sólo ha habido una Plaza, y se trata de la Plaza Mayor, conocida por el nombre absoluto de La Plaza. El resto de espacios abiertos que pudieran conformar una Plaza, aquí se denominan Plazuelas, como si fueran hermanas menores o hijas de la Plaza. Pero no por su ascenso de categoría estos espacios pierden su encanto, y así podemos encontrar entornos de gran belleza como la Plazuela de Guadalupe, próxima al Hotel o la Plazuela de San Judas, próxima al convento de Santa Clara, o la Plazuela de Santiago, presidida por la iglesia del mismo nombre. O esta Plazuela de Aragón, que toma su denominación en los primeros años del siglo XVII, cuando Don Juan Pizarro de Aragón habita su palacio construido en esta Plazuela. Hasta entonces se llamó Plazuela de San Francisco por la proximidad del convento e iglesia del mismo nombre. En la Plazuela de Aragón abocan cuatro calles: la de los Pardos, la de San Francisco, la de los Romanos y la de Mercadillo, hoy llamada de Ruiz de Mendoza.
Poco interés tiene, y poco se puede decir, de la calle de San Francisco, de escasa longitud y angosta, que una la Plazuela de Aragón con la de San Francisco. La calle del Mercadillo, que también concluye en la Plazuela de Aragón, toma su nombre de la Plaza en la que arranca, frente al Palacio Municipal. Hasta hace poco en dicha plaza se ha venido celebrando todos los jueves del año un mercado franco a causa de ser concedida a Trujillo la exención de alcabalas sobre hortalizas, cereales y ganados importados de su extensa comarca. Este privilegio fue dado por Enrique IV en Toro el 14 de julio de 1465. Carlos I, el César, confirmó esta merced el 17 de diciembre de 1520 en Worms. En 1562, Felipe II, desde Madrid, a 9 de enero, confirmó esta gracia. La calle hoy se denomina de Ruiz de Mendoza en homenaje a este teniente que falleció en Trujillo a causa de las heridas infringidas por el ejército francés de la invasión napoleónica.
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La estructura de la edificación y de las plantas bajas de nuestros edificios, nos llevan a pensar que en él residieron las monjas que servían al hospital y que algunas dependencias, por sus características y temperatura ambiente, como nuestra bodega o la sala de cazadores, eran utilizados para el almacenamiento de alimentos perecederos de los que se abastecía el Hospital de la Caridad. Y hasta aquí la historia tal y como puede ser documentada. En la narración que hemos realizado, se observan elementos muy propios para que alrededor de ellos naciera la leyenda: Casa de Comedias, en al que se representan Autos Sacramentales, escenas cómicas y, por que no, leyendas locales. Asiste el público, que narrará a sus vecinos lo que han presenciado Junto a estos puntos de reunión, que se convierten fácilmente en mentideros, un convento de monjas, casi enclaustradas, de vida poco conocida, al que seguramente los mejores linajes trujillanos dejaban a sus hijas doncellas para que entraran en religión o aprendieran el recato y las leyes divinas. De modo que en ese entorno, nace la leyenda, como no podría ser menos. Porque cualquier edificio, cualquier cenobio, o incluso cualquier persona, si no estuviera su leyenda, quedaba tan empobrecido como si no existiera. Cuenta, pues, esta leyenda, que en el convento cuyo edifico ocupa hoy el hotel, fue depositada una bella joven de linaje trujillano, a la que llaman Mariana de Amaniel. Esta Mariana, acostumbrada al boato de su casa, a las distracciones y juegos, a los bailes y fiestas, a los galanteos de sus pretendientes, pronto sintió la soledad conventual, hasta el punto de que llegó a oídos de la superiora el rumor de que Mariana era visitada en su celda por un hombre. Llamada Mariana a capítulo, no supo dar una explicación clara y decía que nadie la visitaba, sino que se aparecía en su habitación un fantasma que parecía ser soldado, quizás el alma en pena de alguno de los Pardos que allí habían tenido su Dio en pasar por Trujillo un fraile de la orden de los Carmelitas, quien reparó en Vicente de Dios, encontrándole vivo de inteligencia y despierto de espíritu, por lo que solicitó de las monjas poder llevársele para educarle en santidad y en la regla de su orden. Poco se volvió a saber del muchacho, si no es que murió joven y como un santo. Tanto afligió la noticia a Mariana que, según contaban, también murió de tristeza, pero no en el convento del Hospital, sino en el de Santa Clara de Trujillo, donde al parecer también murió y está enterrada Doña Isabel de Mercado, aquella que pasó veinte años en la Prisión de Mota con Hernando Pizarro, del que tuvo un hijo, y al que poco veía cuando entró en casa de su padre para ser educado según su condición. No hace mucho tiempo, en una de las tertulias culturales que, espontáneamente se forman en la Isla del Gallo, uno de sus asistentes nos contó que había realizado una visita por cierta región de España, y que visitando un viejo convento de la orden los Carmelitas, si guía, un viejo fraile, al saber que su próximo destino era Trujillo, le comentó que en el dicho convento existía la leyenda de que fue fundado por un incluso trujillano, que murió joven y en lor de santidad. El plumilla del hotel que esto escribe, se queda con la leyenda, sea cierto o sea falsa. De cualquier modo se reserva el nombre del convento y del amigo que contó el remate de la leyenda, con el fin de que no sea estudiada, porque como leyenda tendrá, sin duda, más hermosura que como historia, confirmada o desmentida. Francisco José García de Guadiana |
| Historia del hotel La Isla del Gallo | |
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